Zanzíbar, viajando a través de los olores

Zanzibar

Esta isla africana fue cárcel de esclavos, protagonista de novelas y uno de los puntos de intercambio comercial y cultural más importantes del Índico. En su intensa y agitada historia Zanzíbar siempre se distinguió por su olores, cada influencia que llegaba hasta aquí traía consigo una esencia nueva.

Por su situación estratégica a orillas del Índico fue objeto de deseo de varios imperios a lo largo de la historia. Hasta que pasó a formar parte de Tanzania en 1964, Zanzíbar (o Unguja en suajili) estuvo colonizada por los persas, dominada por sultanes árabes, ocupada por portugueses y británicos, e incluso consiguió ser una nación independiente durante un corto espacio de tiempo.

Zanzíbar jugó durante varios siglos un papel clave en el comercio mundial. Era el puente a través del cual se exportaba oro, marfil y esclavos del continente africano hacia Europa y el sur de Asia. A su vez, se importaban tejidos, cerámica y especias de Arabia y la India. Fue tal la relevancia que adquirió esta isla, que en 1840 el sultán de Omán trasladó su corte desde el golfo Pérsico hasta aquí.

Puerta de la historia

Todos estos imperios e intercambios comerciales trajeron hasta la isla riqueza, cultura, religión y un sinfín de fragancias. Los comerciantes del siglo XIX reconocían a varias millas de la costa que estaban llegando a Zanzíbar por el intenso y agradable aroma que llegaba de las plantaciones del interior. Aunque, no todo eran olores exóticos, Livingstone apodó al archipiélago ‘Stinkibar’ (lugar maloliente), por los fuertes hedores generados por el aumento de la población en núcleos sin el adecuado sistema de alcantarillado.

STONE TOWN 

La que fue cuna de la cultura swahili y antigua capital colonial es hoy el corazón de la isla. Las viejas calles de Stone Town desprenden decadencia. Se mezclan sin ningún orden casas de estilo indio y árabe que lucen recargados balcones. Las gigantescas puertas de madera talladas a mano, que son auténticas obras de arte, nos recuerdan que esta fue tierra de sultanes.

El mercado de Darajani hierve a primera hora de la mañana. Aquí huele a pescado y a especias. Plantas como el jengibre, clavo, sésamo, coriandro o curry consiguen que la cocina tanzana sea de las más sabrosas del continente. Los bazares se llenan de mujeres envueltas en coloridos velos y vendedores astutos. Se respira barullo, rutina y picardía.

Mercado Stone Town

Desde los minaretes se escucha la llamada a la oración. Se cierran temporalmente algunos comercios y los ancianos interrumpen sus partidas de ‘bao’ para acudir a las mezquitas de Msikiti wa Balnara y Aga Khan. Mientras tanto, un grupo de niños aprovecha esta breve calma para hacer suyas las calles y crear un improvisado campo de futbol.

En el centro de la ciudad, junto a la primera catedral anglicana de África oriental, quedan los últimos vestigios del antiguo mercado de esclavos. Mazmorras oscuras, grilletes oxidados y el recuerdo de antepasados humillados desprenden olor a miseria. El hedor de la más vergonzosa actuación que tuvo el ser humano desde su existencia te deja hundido.

Pero esto ya es pasado, y casi olvido, para un grupo de chavales que se divierten en el puerto y disfrutan del tiempo como ya no lo hacen nuestros niños. Cerca de la preciosa House of Wonders y el Museo Beit El-Sahel, un grupo críos juegan con un viejo neumático y saltan desde el muelle sin conocer lo que es tener miedo al mañana. Aquí huele a inocencia y a felicidad.

Puerto Stone Town

PARAÍSO ESMERALDA

En el otro lado de la isla, en la costa este, el agua también es turquesa. De aquí salen las fotos que lucen en los escaparates de agencias de viajes de todo el mundo. Bwejuu y Jambiani son algunas de las playas de ensueño custodiadas por bosques de palmeras y una sensación de soledad que las convierte en el lugar perfecto para desconectar.

A lo largo de la jornada solo se ve a algún pescador preparando sus aparejos para montarse en su antiguo y estable ‘dhow’. Cuando la marea baja, parece que el mar se secó. A lo lejos, grupos de mujeres con el agua por la cintura recogen algas que después venderán a empresas farmacéuticas y cosméticas de Alemania y Japón.

Playa Zanzibar

Según hacia donde mire, me huele a relax y a trabajo duro, pero también a ocio y deporte. Tanto en Zanzíbar como en su vecina Pemba puedes bucear entre arrecifes de coral tintados por el arcoíris y nadar entre peces que hasta ahora solo existían en los documentales televisivos.

Hace siglos por aquí navegaban grandes galeones cargados de mercancías, pero hoy las velas tienen otro tamaño. Jóvenes occidentales disfrutan de una de las costas con mejores condiciones para la practica del Kytesurf. Aguas cálidas y tranquilas, viento constante y muchos kilómetros para navegar hasta que brazos y piernas dicen basta.

LEYENDAS DE LA LITERATURA

Tomando una Kilimanjaro, que quiere y no puede ser fría, en la terraza del mítico ‘Africa House Hotel‘ contemplo el sol cansado y recuerdo como Livingstone, Burton, Evelyn Waugh, Stanley, André Gide o Speke describían esta isla.

Anochecer Africa House Hotel

Fue aquí, maravillándose con este anochecer que tenía distinta fecha pero mismo color, y callejeando por esta Vieja Ciudad de Piedra, donde los grandes exploradores del siglo XIX programaron sus incursiones hacia el interior de África para descubrir las fuentes del Nilo, investigar el interior del Congo o contar hazañas de cacería.

El olor a calles envejecidas, a campos de clavo, a algas recién recogidas, a ‘pirlu’ de cordero o a perfume indio, son parte de esa orgía de esencias que forman Zanzíbar. Pero el aroma de su historia, de su leyenda y el de la literatura que generó, son las fragancias que verdaderamente me trajeron aquí y por las que siempre recordaré a esta isla.

Reportaje publicado en el nº14 (Febrero 2015) de la revista Èvoque

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