Una tarde con la barra brava del Nacional

No estaba muy seguro de cómo llegar al estadio Atanasio Girardot, pero una vez en el metro me bastó con seguir la marea verdiblanca. Me dirigía a ver al Atlético Nacional, el club colombiano más laureado de la historia, que se enfrentaba al Boyacá Chicó, un equipo modesto del final de la tabla.

El de Medellín ya no es aquel ‘rey de copas’ que a finales de los ochenta y principios de los noventa arrasaba en los torneos nacionales y ganaba la Copa Libertadores de la mano de jugadores tan emblemáticos como René Higuita, Andrés Escobar o Leonel Álvarez, pero sigue siendo uno de los grandes equipos del país.

Llegué a los alrededores del estadio un par de horas antes. En la cola de las taquillas pregunté por la zona que rugía más.

—Vete a Sur, allí no cesan de cantar en todo el partido —me contestó un señor que llevaba una camiseta verdolaga con más de un millón de lavados. Mientras acariciaba la cabeza de su hijo, añadió con nostalgia —yo ya no puedo, pero en esa grada pasé los años más felices de mi vida.

—Vas a salir colocado, allí solo se respira marihuana —bromearon unos jóvenes que estaban detrás.

Una señora que se había arrimado interesada por mi acento me aconsejó.

—Vaya con mucho cuidado, en esa grada se juntan los más locos de la ciudad.

Tomé todos estos consejos en cuenta, presentí que me irían bien.

Nacional

Compré una entrada por 18.000 pesos (5€ aprox.). Me puse al final de una larga cola y esperé pacientemente. Estábamos entrando cuando un grupo de quince tipos empezaron a pedir paso. Se saltaron la cola entre aficionados y policías sin que nadie les dijese nada. Pensé, estos son los que mandan. Y no me equivoqué, eran los cabecillas de Los del Sur. La barra brava del Nacional es una de las aficiones más enérgicas y violentas del continente Americano.

Mientras nos registraban observé al grupo y me acerqué a uno de sus líderes. Debía de andar por los treinta y tantos años. Corpulento, con tatuajes en cada trozo de piel que enseñaba y un gran manojo de rastas que le colgaban por debajo de la cintura. De piel algo más clara, pero guardaba un gran parecido con Derrick Green, el cantante de Sepultura.

Al principio el Orejas me recibió con desconfianza, pero me animó a que le acompañara. Subimos las escaleras mientras la multitud nos dejaba paso al igual que a un alcalde en una fiesta popular. Los más atrevidos le saludaban arrastrando la mano y chocando el puño.

—¿No serás del Madrid? —me espetó el Orejas.

—Soy del Celta—respondí.

—No lo conozco, pero aquí odiamos al Madrid —me sorprendió su afirmación ya que en Colombia, por tener a James en sus filas, adoran al Real.

—Yo soy del Rayo —soltó toscamente.

Entonces entendí por donde iba, y le contesté.

—Me gusta el Rayo, es un club pequeño pero tiene una afición comprometida y revolucionaria, los Bukaneros.

—¡Tu eres de los míos! —dijo a la vez que me daba una palmada en la espalda que me dejaba temblando.

Su problema no era con el Madrid, era con los Ultras Sur. Esta sección de los barras bravas del Nacional se denominan antifascistas, aunque la mayor parte simplemente se desviven por los colores de su equipo.

Nacional

Estuvimos hablando de algunas bandas de punk y rock españolas con las que yo crecí y que a él le apasionaban, como Reincidentes, Kortatu, Extremoduro, La Polla Record, Boikot, etc. A los pocos minutos parecía que ya le caía un poco mejor. Llegamos a una especie de hall entre dos escaleras donde una multitud esperaba. Me presentó a un par de compañeros y me dijo: —¡Parcero, vas a ver lo que es agitar!

Silbó a un chaval que estaba en la escalera de enfrente. Un tambor dio la entrada. El murmullo cesó. Le siguieron una decena de trompetas y trombones. Tras un par de melodías los bombos empezaron a hacer vibrar aquellas paredes de cemento.

Acto seguido, levantó el brazo y un centenar de gargantas comenzaron a cantar: “que más quisiera que pasar la vida entera, siempre borracho y al lado de mi verde, con mis parceros y todas las banderas, voy a beber y seguirte hasta la muerte. Aunque me cueste morir, no dejaré la bebida y menos a Nacional, porque sos toda mi vida”.

Las doscientas personas que podíamos estar entre ese descansillo y las escaleras adyacentes empezamos a botar. El ambiente era igual al de las primeras filas de un gran concierto.

Tras un par de canciones saqué mi móvil de bolsillo. Sin que me diera tiempo a nada, dos tíos me agarraron el brazo y me retaron.

—¿Qué haces?, está prohibido grabar. ¿Tú quién eres?.

Bastante asustado, en medio de aquel jaleo traté de explicarles que simplemente estaba grabando el ambiente.

En eso ‘mi amigo’ se acercó.

—Déjenlo, viene conmigo.

Me llevó a un rincón y con el barullo de fondo me sermoneó.

—Marica, aquí está prohibido grabar, solo tenemos a un par de personas autorizadas para hacerlo. Entre nosotros hay gente a la que buscan, o a la que buscarán en algún momento. Cuando estés con nosotros no se te ocurra sacar el celular, cuando lleguemos a la grada si quieres graba desde lejos, pero nada más.

Traté de olvidar el incidente mientras me unía a toda aquella algazara. La sensación era una mezcla de diversión y miedo. Alegría contagiada por el festejo de la hinchada. Acojone por las caras de todos los que me rodeaban, que a medida que sacaban bolsitas de cocaína del bolsillo se iban torciendo más.

La fiesta no era en la grada, era en aquellas escaleras. No cabía un alma, y el tono de los cánticos cada vez iba en aumento. Entonces llegaron los empujones y los golpes hombro con hombro. Y se lio. Un par de ellos se picaron y se formó un corro donde entrababan y salían puños sin saber de donde venían ni donde paraban.

Dos maromos se abrieron paso, agarraron a los más exaltados y los tiraron a modo Bud Spencer escaleras abajo sobrevolando el tumulto. Los que estaban más alerta esquivaron a aquellos hombres que habían pasado a ser muñecos. Los que no tuvieron tiempo para hacerlo se vieron con ellos encima.

Yo no quise ver más, traté de buscar una salida escaleras arriba. Los cánticos menguaron, pero la música no cesó. Cuando creí que aquello estaba calmado volví al descansillo y me acerqué al Orejas. Le hice un gesto con la cabeza para saber que había pasado. Mientras se reía y agitaba el brazo en el aire para recuperar el fragor de la masa me dijo: —Algunos se emocionaron y hubo que sacarlos a tomar el aire.

Cuando quedaban ya solo veinte minutos para las cinco de la tarde los cabecillas ordenaron subir las escaleras para entrar en la grada. Al igual que los generales de un poderoso ejercito avanzábamos por el fondo sur mientras la multitud se abría a nuestro paso. Detrás de nosotros iba la banda, y unos metros más atrás, varias decenas de gargantas.

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Al llegar al medio del fondo sur, el Orejas se acercó.

—No puedes y no debes estar aquí. Esta zona está reservada para el grupo. Ponte a uno de los lados, y ten cuidado, yo ya no estaré para ayudarte si te metes en líos —me pasó la mano por la espalda y me dio un pequeño apretón— ¡disfruta de la mejor hinchada de Colombia!

Entonces busqué un hueco en uno de los laterales de la parte baja de la tribuna. Todo iba bien hasta que el Nacional metió el primer gol y media grada empezó a correr hacia abajo. Esquivé, aguanté y salí como pude. Tan pronto como la gente volvió a acomodarse busqué otro lugar en la grada. Esta vez en la parte media.

Aunque ninguno de los dos equipos estaba haciendo buen fútbol, a la media hora de juego los locales ya ganaban por tres goles a cero. El verdadero partido en el Atanasio Girardot lo jugaban Los del Sur. Una organizada charanga de más de cincuenta músicos de viento y percusión marcaban la pauta. Los líderes agitaban los brazos y la grada se dejaba la garganta.

Parecía que el resto del estadio, comparado con el fondo sur, estaba viendo un partido diferente. En esta grada las caras eran de pasión, de fe ciega, la vida en un canto. Este profundo sentimiento, en muchos casos, era intensificado por la ingestión de alguna extraña sustancia. Además del constante olor a marihuana, unos y otros despachaban drogas como en la madrugada del sábado en una discoteca de un polígono industrial.

El grupo que estaba a mi lado se pasaba un bote azul que esnifaban hasta quedarse con cara de recién levantados. Uno de ellos sacó un cuchillo para cortar un trozo de cuerda y arreglar una pancarta que habían dañado tras el último gol. Con los saltos y el colocón casi se lo clava a su colega. Los controles policiales a la entrada del estadio fueron exhaustivos, pero parece que no suficientes. Aquella faca valdría perfectamente para despedazar a un cerdo.

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Tras el descanso volví a cambiar de lugar. Me alejé del núcleo duro y me situé más a la izquierda, en la parte alta de la grada. Allí encontré a un grupo un poco más tranquilo que enseguida me acogió como a uno más.

Desde aquella zona del estadio se veía como los barios más humildes que hay en las laderas de las montañas daban la bienvenida a la noche prendiendo las luces. Una poderosa luna llena con tinte rojizo, como el color del eterno rival, el Independiente de Medellín, se alzaba por encima de la grada Oriental.

Luciana, una joven que saltaba a mi lado señaló a lo lejos.

—Allí, donde se ven aquellas lucecitas anaranjadas vivo yo, en La Esperanza.

Juan David, un cuarentón que descansaba después de dejarse media vida agitando una gran bandera verdolaga, levantó el dedo índice y me contó que, un poco más abajo, en la Comuna 6, en el Picachito, estaba su casa.

—Antes era muy peligroso, pero ahora si quieres puedes venir a visitarme y te invito a unas Águilas —añadió amablemente.

El aficionado recordó aquella época en la que Medellín era una de las ciudades más peligrosas del planeta. El tiempo en que Pablo Escobar compraba a los que podía y mataba a los que no se vendían, sembrando el terror por toda la urbe. Recompensaba la muerte de cada policía con dos millones de pesos (600€ aprox.), los secuestros eran frecuentes y las bombas en lugares públicos explotaban cada semana.

—La ciudad ahora es de todos, ni del cartel ni del gobierno, todos somos Medellín y por eso la hacemos segura —manifestó orgulloso Juan David, para a continuación animarme a seguir cantando con todos ellos. El partido ya estaba sentenciado desde hacía rato. Con un 5 a 1 a favor de los locales solo quedaba disfrutar del ambiente. En una carrera por la banda derecha un jugador del Atlético Nacional es derribado por un rival y un aficionado grita: “negro de mierda”. Me giro y veo que el exaltado es un mulato que tiene un escudo del Nacional pobremente tatuado en el brazo. Con tristeza compruebo una vez más que el racismo no va de colores, sino de cabezas vacías.

Nacional

Pero la fiesta sigue. Las banderas no cesan de volar, la orquesta no muestra fatiga y Los Sureños nunca callan. En algunos de sus cantos los barras bravas recuerdan cuando fueron campeones continentales o el gran fútbol de sus jugadores más legendarios. Las atajadas del ‘Loco’ Higuita; las gambetas de Leonel Álvarez; las actuaciones fuera y dentro de la cancha de Faustino Asprilla; o los goles de Víctor Hugo Aristizábal.

En estas estrofas también hubo espacio para homenajear a Andrés Escobar, el defensa colombiano que fue asesinado después de que metiera un gol en propia meta en el Mundial de 1994 frente a EEUU. Aquel asesinato recuerda lo que era Colombia, un país donde matar salía gratis.

Finaliza el partido. El Atlético Nacional vence 6 a 1 al Boyacá Chicó. Lo mejor para los de Medellín es que esta victoria les hace alcanzar la primera posición de la liga colombiana. La afición antioqueña comienza a abandonar el estadio. Unos se quedan por la calle 70 para celebrarlo y los que mañana tienen que madrugar o sus bolsillos ya no resisten otra cerveza volverán a sus casas.

A pesar del miedo que pasé, me quedo con los cánticos y los buenos momentos vividos esa tarde con Los del Sur. Asistir a un partido de fútbol, al igual que pasear por un mercado de abastos, visitar una escuela, escuchar un concierto o disfrutar de una cena con gente local, me permite conocer un poco más de un país, de su cultura, sus miserias, sus pasiones.

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