Repudiados en vida, valiosos tesoros tras su muerte

Al igual que el marfil de un elefante, la piel de un leopardo o el caparazón de una tortuga, los órganos de las personas albinas en África son un preciado trofeo de caza. Estos negros de piel blanca viven aterrados por la idea de que cualquier día desalmados traficantes entren en sus casas para asesinarlos y vender sus cuerpos para realizar rituales de brujería.

La historia es tan inhumana como común. Desequilibrados curanderos llegan a pagar 75.000 dólares por estos cadáveres. Utilizan sus órganos y extremidades para realizar ceremonias macabras que aseguran curarán dolencias y darán buena suerte a sus clientes. En aquellos países donde el sistema sanitario es extremadamente precario e inaccesible, gran parte de la población recurre a los hechizos y brebajes de estos brujos locales.

El albinismo es una extraña condición genética caracterizada por la ausencia de pigmentación de la piel, los ojos y el pelo. Es hereditaria y aparece por la combinación de dos portadores del gen recesivo. Los albinos están capacitados para realizar cualquier actividad y desarrollar una vida normal, pero el continente africano puede llegar a ser un infierno para estos ángeles.

Resultado de la miseria educativa y la incultura, gran parte de la población desconoce esta explicación y repudia a los albinos porque consideran que les traerán mala fortuna. Sus familias creen que son un castigo de Dios. Bautizados como hijos del diablo o ‘zeru-zeru’ (fantasmas), sus vecinos evitan por superstición todo contacto con ellos.

La ignorancia hace que muchos padres abandonen a sus familias acusando a sus mujeres de infidelidad con un hombre blanco. Esa es la triste historia de Isaac Mwaura, este albino que ostenta un escaño en el parlamento de Kenia confesó: “mi padre no se creía que yo era su hijo y se fue de casa”. O el músico maliense Salif Keita, el que fue expulsado del colegio y discriminado por el color trasparente de su piel.

Ser el capricho absurdo de lunáticos curanderos y una vida llena de rechazo y marginación social son los principales temores de los albinos, pero no son sus únicas condenas.

La piel y los ojos de estas personas son extremadamente sensibles a la luz ultravioleta. El implacable sol africano provoca que casi el 60% de ellos se queden sin visión antes de la mayoría de edad, y un gran número de ellos sufrirá cáncer de piel antes de cumplir los 30 años.

La integración social se solucionaría con una buena educación, algo que en la mayoría de países africanos es una utopía. Retrasar la ceguera o el cáncer de piel también se podría conseguir con gafas adecuadas y fotoprotectores, aunque cuando un plato de comida diario no está asegurado, el resto de necesidades dejan de ser prioritarias.

Hay luz

Pero en medio de todo este sinsentido a veces también hay luz. Ese es el caso de Sebastião, un chaval mozambiqueño que encontré plenamente integrado en su comunidad. Los otros niños lo ven como al hermano pequeño que deben cuidar o el amigo que necesita más ayuda.

Su familia decidió criarlo sin esos miedos que otros albinos sufren. Ni le esconden, ni le hablan de los riesgos de que algún desalmado pueda venir a llevárselo. Como me dijo su madre: “ya es una desgracia nacer en una familia pobre, tener el cuerpo lleno de manchas y perder gran parte de la visión, para encima tener que temer por tu vida. Aquí todos lo protegemos”.

Ojalá llegue un día en que la formación venza a las supersticiones y la ignorancia, y los albinos puedan caminar por África sin más temor que el despiadado sol.

Albinos

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