¿Qué es la miseria?

El cambio de calendario en El Cairo comenzaba de una forma extraña. Deambulaba por esta caótica urbe de 20 millones de almas sin saber muy bien de que manera pegarle una patada al 2014 y abrazar el nuevo año.

Las opciones en una ciudad como esta son muchas. Depende de los gustos, las ganas y, sobre todo, como en cualquier parte, del bolsillo. Por 80 dólares podría montarme en un barco y navegar por el Nilo con turistas y adinerados cairotas en una fiesta con espectáculo y baile.

Barrio Turco El Cairo

Existía la opción de cruzar hasta Zamalek para conocer los bares de moda. También podría pasarme por algún barrio de Giza y sentarme a fumar ‘shisha’ y conversar. La polución y el ajetreo de los últimos días me tenían agotado. Decidí simplemente salir a caminar, acercarme hasta la plaza Tahrir y tomar una cerveza en algún bar cercano.

Observaba los festejos y esquivaba cláxones cuando de repente me choqué de frente con la desgracia. Allí estaba. La miseria de un solitario que no tiene nada y que busca en el televisor de un escaparate una compañía para evadirse de su desdichada vida. Era la mirada atenta y el rostro cansado de un hombre que trataba de no morir antes de pena que de hambre.

La Miseria

Creo que nunca olvidaré esta imagen. En el cristal una mala caligrafía daba la bienvenida al 2015 a esta alma olvidada. Una verja mal cerrada permitía a este espectador desdichado distraerse con un mundo que no era capaz de soñar ni por si solo.

Conocí a niños removiendo en la mierda de vertederos de Kaolack (Senegal) y Nairobi (Kenia). Me acerqué a ver las precarias condiciones de la favela del Alemão, en Río de Janeiro, o de los alrededores de Rangún (Myanmar). No tuve que irme lejos para descubrir las amargas vidas que llevan muchos invisibles de la periferia de las grandes ciudades europeas. Pero la imagen que presenciaba ayer era diferente. Aquí no solo había hambre, había soledad, desgracia y una corrosiva pena.

Mientras tanto, a cien metros de allí, grupos de jóvenes festejaban el nuevo año bajo la peligrosa mirada de la policía egipcia. En la glorieta central, a la sombra del Hotel Carlton, aparece un pequeño grupo encabezado por dos darbukas. La multitud se agolpa alrededor de ellos. Se escuchan canciones populares y brota el júbilo.

Fin de año Plaza Tahrir

Desde un improvisado cuartel en las proximidades del Museo Egipcio una cuadrilla de 50 policías se acerca a la plaza. Bien ordenados y muy firmes se sitúan en un extremo. Aprietan las correas de sus cascos y preparan su material antidisturbios. No avanzan, simplemente observan a los alborotadores desde dos filas bien definidas.

Los jóvenes menos marchosos se dan cuenta y avisan a la multitud. Entendido, no hace falta decir nada más. En pocos minutos los cánticos cesan, las darbukas enmudecen y cada grupo de amigos se dispersa por la plaza.

Plaza Tahrir

Así está El Cairo. Bajo un control incómodo, permanente y excesivo de las fuerzas de seguridad. El gobierno de Al Sisi no permite manifestaciones, pero tampoco quiere celebraciones. Esta transición política, que camina más hacia el pasado de Mubarak que a un futuro democrático, hace que este Egipto comience el año envuelto en un control extraño y artificial.

Puesto militar de la Plaza Tahrir

Puesto militar permanente en las proximidades de la Plaza Tahrir

Mientras tanto, un pobre miserable trata de olvidar su vida y evadirse de una realidad insoportable buscando el calor de la luz de un televisor. Él no tiene nada que celebrar, y desgraciadamente, tampoco mucho por lo que protestar, porque él no conoce nada mejor que la compañía de este plasma que le ayuda a soñar.

 

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