Encuentro con Maria Theresa de Habsburgo en las Simien Mountains

Llevaba un par de días en Gondar cuando conocí a Octavi. Un tipo tranquilo y tolerante que lleva casi un año recorriendo África. Este catalán de treinta años es de los mejores compañeros de viaje que he tenido. Tras la presentación de rigor y una breve charla, nos dimos cuenta de que podíamos hacer buena pareja de viaje y durante unas semanas compartimos nuestra aventura etíope a la que se irían sumando temporalmente otros viajeros que nos fuimos encontrando por el camino.

Nuestro siguiente destino eran las Simien Mountains. Con más de una docena de picos que superan los 4.000 metros, son de las cadenas montañosas más altas de África. Queríamos estar entre tres y cuatro días caminando; tratar de hacer cima en el monte Bwahit y todo por un precio reducido.

Simien Mountains

Tras hablar con otros viajeros y recorrer varias agencias decidimos que lo mejor era hacerlo directamente con uno de los guías del parque. De Gondar a Debark fuimos en lo que aquí llaman ‘minibús’, es decir, una furgoneta blanca de fabricación coreana de diez plazas donde se meten 20 o 22 pasajeros y se conduce inconscientemente rápido.

En Debark habíamos quedado con nuestro guía y director de operaciones, Dawit. Este joven de 27 años, que nació y vivió en el corazón de esta cordillera, se ocupó de conseguirnos el equipo de acampada, buscar un cocinero para estos días y encontrar a un ranger que velara por nuestra seguridad.

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Desale (ranger), Lalo, Dawit (guía) y Octavi

Después de conseguir todos los permisos y pagar la entrada del parque comenzamos nuestra subida. A media mañana nos dejaron en un camino de grava. Acabábamos de empezar y ya teníamos la droga en el cuerpo, esa fantástica sensación de subir y bajar montañas escuchando solamente nuestros pasos y las caricias del viento.

Desde el primer momento nos dimos cuenta de que la elección de aquel guía había sido lo mejor que habíamos hecho. Su pasado como pastor le había dado olfato y vista para localizar animales y conocer por donde andaban. Chacales y lobos en busca de presas, babuinos apareándose y antílopes pastando, fueron compañeros de ruta durante toda la jornada.

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Ya casi anocheciendo llegamos al campo base de Gich. Allí disfrutamos de una magnífica cena, de esas que se preparan con pocos medios y mucho cariño. La noche amenazaba con temperaturas bajo cero y aquellos viejos sacos no iban a ser suficientes. Entonces Dawit nos dejó un par de mantas grises con el logo azul de Naciones Unidas. No sé de qué guerra o hambruna procedían, olían a rayos y tenían pinta de no haberse lavado en años, pero aquella noche me abracé a esa manta como un niño a una madre.

Campo base Gich

Nos levantamos a las 6,30 horas. Tras desayunar y recoger el equipo partimos montaña arriba. Al poco rato, paramos a conocer a una familia. Las condiciones en esta zona son extremas, y sus caras y ropas eran prueba de ello. Piel curtida, mirada perdida y un pobre futuro por delante.

Su casa estaba echa de barro y excrementos con un techo de ramas. La parte de abajo se repartía en dos estancias, una donde se cocinaba y otra donde vivían los animales. Encima de la cuadra, para aprovechar el calor, estaba la habitación de los ocho miembros de aquella familia.

Nos invitaron a un rico café etíope y continuamos nuestro camino. Subidas pronunciadas y paisajes espectaculares nos estaban esperando. En esta época del año las praderas se visten de colores mostaza, y solo algún pequeño árbol que resiste el seco invierno, le da pinceladas de color a este entorno.

Imet Gogo

A media mañana ya caminábamos al borde de Imet Gogo, una cordillera con más de 1.000 m de pendiente que está cortada con la misma precisión que un cuchillo caliente deja un pedazo de mantequilla. En cada paso que daba veía una buena foto. En cada metro que recorría me quedaba embobado con el paisaje, y así durante toda la jornada. Ahora comprendía porqué la Unesco reconoció este parque como Patrimonio de la Humanidad en 1978.

Llegamos al campo base Chennek pasadas las cinco de la tarde, cuando el sol ya empezaba a despedirse. Solo me di cuenta de la mierda que tenía encima cuando me quité los calcetines, comparé mis pies con mis piernas y vi que no era moreno, sino tierra.

En alta montaña las opciones de higiene suelen ser tan limitadas como incómodas, pero un baño en un riachuelo cercano fue mi salvación. He de confesar que el agua estaba fría tirando a helada, pero mojarse allí y deshacerme de la suciedad adoptada en los últimos días me sentó tan bien como una ducha en mi propia casa.

A la mañana siguiente, la euforia se apoderó de nosotros, ese día solo teníamos una idea en la mente: hacer cima en el monte Bwahit (4.470 m), el segundo pico más alto del país (el primero es el Ras Dashen con 4.533m).

El paisaje en aquella zona era menos amable que en las jornadas anteriores. Una zona árida y empedrada. A mitad de subida, tras una manta con un par de refrescos y algún souvenir, nos esperaba Belay. Aquel joven separaba los objetos que portaba y, con una mirada triste y lejana, nos los mostraba. Le pregunté a Dawit de dónde había salido, puesto que estábamos en medio de la nada. Nuestro guía nos señaló al fondo del valle, donde apenas se distinguía si había casas o rocas, y me dijo: “nos debió de ver a primera hora y vino a esperarnos”.

Octavi se pidió una coca-cola. Yo estaba convencido de no romper una caprichosa regla que tengo: “no compro ni doy dinero a niños, si no estaré dándoles la razón a sus padres de que están mejor en la calle que en el colegio”. Pero Dwait me explicó que aquel chaval no tenía opción de escolarización. En su día a día cuidaba de las cabras, y esporádicamente trataba de sacar algunos birr a algún montañero que pasaba cerca de su poblado.

Maria Theresa Thaler

Tras la paliza que se pegó para llegar hasta allí, aquel chaval se merecía por lo menos nuestra atención. Me agaché, le pregunté su nombre y eché una ojeada a los objetos que portaba. Mi vista se perdió en unas monedas que había al lado de unos collares. No me lo podía creer, eran unas Maria Theresa Thaler!

Esta moneda de plata del Imperio Austriaco se acuñó por primera vez en 1741 y mantuvo su estatus hasta 1857. Aún así, continuó siendo el elemento de cambio en muchas partes del mundo (India, China, norte de África) y se convirtió en la moneda de plata más cotizada en los países Árabes (Egipto, Siria, Arabia Saudita, Yemen).

Maria Theresa Thaler

En 1935, durante la guerra de Abisinia, Mussolini utilizó el ‘thaler’ para pagar a soldados y sobornar a traidores a cambio de ayuda para conquistar Etiopía. Incluso se dice que es la culpable de que la moneda estadounidense se llame hoy ‘dólar’. Así que, aunque estaba prácticamente seguro de que las piezas que este joven vendía no eran verdaderas, saber que este chaval no tenía la oportunidad de estudiar y la increíble historia de esta divisa, me hicieron romper mi regla y comprarle un par de monedas.

Continuamos nuestra ascensión por aquella empedrada montaña y dos horas después hacíamos cima en el monte Bwahit (4.470 m). Los primeros momentos fueron para los abrazos y la euforia. A continuación, cada uno de nosotros se sentó en una piedra y observamos en silencio el infinito que teníamos enfrente. Así estuvimos al menos media hora, mirando otras montañas y valles y retrocediendo en el tiempo para recordar todo lo que habíamos caminado para llegar hasta allí.

Simien Mountains

Finalmente, nos hicimos alguna foto para recordar la pequeña hazaña y nos pusimos a deshacer lo andado. Las ‘Simiens’: una cordillera preciosa y sencilla de caminar para todo aquel que le guste la naturaleza.

 Imágenes realizadas con la cámara Fujifilm X-30

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