Descubriendo el nacimiento del Nilo

Después de un duro viaje hasta Bahar Dar y un sueño profundo me desperté impaciente por disfrutar del día que tenía por delante. Hoy iba a conocer el nacimiento y la principal fuente del Nilo: el lago Tana.

El Nilo es el segundo río más largo del mundo tras el Amazonas. Está formado principalmente por dos afluentes, el Azul (que nace en el lago Tana, Etiopía) y el Blanco (que proviene del lago Victoria, Uganda). Ambos se unen en Jartum (Sudán del Norte) para desembocar después de 6.700 km en el mar Mediterráneo.

Cuando se habla de Etiopía muchos piensan en el desierto (que lo hay) y en la hambruna de la década de los ochenta (que fue devastadora). Pero este país está lleno de montañas y zonas verdes. Concretamente, el Nilo Azul, el que me disponía a explorar, aporta el 90% del agua al Nilo que riega las fértiles cuencas de Sudán y Egipto.

Lago Tana

Pero además de ser un medio de vida, este río esta lleno de historia. Varias civilizaciones emergieron a orillas del Nilo y durante mucho tiempo exploradores de todo el mundo buscaron incansablemente el origen de este acuífero. Por eso y por mucho más, para mí también era un viejo sueño conocer dónde nacía.

Tras un desayuno contundente me acerqué al embarcadero y tanteé con un par de marineros la ruta que más se adaptaba a mis preferencias. Además de navegar el Tana también quería visitar alguno de los más de veinte monasterios que se levantaron entre los siglos XIV y XVI en las islas del lago. Estudié las diferentes opciones y finalmente decidí montarme en una barca con diez turistas más.

Mi primer contacto con el Tana cumplió con mis expectativas. Me gustaba su aire tropical, el color verdoso de sus aguas y sus gentes navegando en tankwas (barcas de papiro). Bajo un sol de justicia, no pude evitar compararlo con el lago Victoria, y sin duda quedarme con el etíope.

La primera parada fue el monasterio de Kibran Gabriel, un santuario que da cobijo a cuarenta monjes. Reconstruido en el siglo XVII por el rey Dawit II, no tenía ninguna pintura reseñable y su estructura no despertaba gran interés. Pero en una caseta de madera anexa, un anciano monje custodiaba una excelente colección de libros antiguos.

Libros antiguos etiopia

Tras fingir un profundo fervor religioso decidió mostrarme algunas de estas reliquias, entre ellas un ejemplar del siglo XV de ‘La Vida de Jesús’. Con tapas de piel de cabra, escritos en hojas de papiro y con excelentes ilustraciones, estos libros son verdaderas joyas. Me sentí muy afortunado ojeando esos manuscritos.

A continuación nos dirigimos a una isla en la costa oriental del lago para visitar el monasterio Tana Kirkos. Una antigua tradición dice que el Arca de la Alianza (la que guarda las Tablas de la Ley de Moisés) fue escondida en esta isla durante años antes de ser trasladada a Axum en el siglo IV d.c. por el rey Ezana. Mi visita no me dejó claro qué parte es leyenda y qué parte es realidad en esta historia. Espero que cuando llegue a Axum se disipen algunas de mis dudas.

De vuelta en el pequeño bote empecé a hablar con alguno de los pasajeros. Yonas y Hana eran una pareja de Etíopes que vivían en Estados Unidos, en Minnesota, y habían venido a pasar su luna de miel a su tierra natal. También había un grupo de simpáticos veinteañeros de Addis que habían aprovechado unas breves vacaciones para conocer el norte del país.

Monje etiope

Nuestra siguiente parada fue Narga Selassie, un monasterio sencillo situado en medio de una selva frondosa. Tras la visita al templo me fui a explorar un bosque cercano con Dániel, un israelí despistado que se había tomado tres meses de vacaciones después de un duro servicio militar. Paseando por una zona pantanosa le pregunté porque eligió Etiopía, y fue muy franco y directo: “por condiciones históricas y políticas es de los pocos países de África donde los judíos nos sentimos seguros”.

Era mediodía y el motor de aquella destartalada barca avisaba de que este sería unos de sus últimos viajes. Navegando por aquellas aguas me acordé del jesuita español Pedro Páez (1564-1622), el primer europeo en visitar este lago, y traté de imaginarme como serían sus impresiones al llegar.

El viento suave no disimulaba el calor penetrante. Metí la cabeza en el agua para refrescarme antes de llegar a la península de Zege. En el embarcadero pregunté por el monasterio de Ura Kidane Mihret. Me acompañaban Katerina y Dominika, dos viajeras checas con las que acabaría haciendo buenas migas. Durante media hora y entre las indicaciones contradictorias de los locales nos perdimos entre caminos y aldeas que no sabíamos a dónde llevaban.

Finalmente encontramos el monasterio y la primera impresión no fue muy buena. Para protegerlo, habían construido una cubierta de metal y un muro de barro y excrementos que lo tapaban completamente. Pero, tras pagar 100 birr por la entrada y pasar a su interior, me quedé maravillado con sus pinturas. Coloridos murales ofrecían una visión mística de la Etiopía medieval.

Monasterio Tana

Estuve un rato empapándome de espiritualidad contemplando las pinturas mientras a mi alrededor algunos monjes rezaban. Aquellos dibujos describían importantes episodios bíblicos como el de San Jorge venciendo al dragón y liberando al pueblo etíope de la maldición. También había murales con la Virgen María, Santos que obraban milagros y demonios malvados.

Al salir me acerqué a una aldea local y estuve conversando con unos chavales de la zona. Les acompañé a lavar su ropa a la orilla del Tana. La mayoría de ellos adoraba vivir en este lago, pero soñaban con irse algún día a Addis Abeba y tener un buen trabajo que les permitiera ganar mucho dinero.

Lago Tana

Mientras enjuagaban sus camisetas y la ropa interior en aquellas aguas traté de hacerles ver que en la capital la vida era complicada y mucho más difícil, pero pocos me escucharon. Hablamos de futbol, de chicas y bromeamos. Antes de irme nos hicimos una foto juntos y prometí mandársela impresa a través del barquero.

Volviendo hacia Bahar Dar, con el sol perdiéndose al fondo del lago, me despedía de un lugar mágico y soñado. Las fuentes del Nilo me habían dejado maravillado. Me quedaba con ganas más.

lago Tana

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