De las fuentes del Nilo a la comisaría

El Nilo Azul me había dejado prendado y no quería irme de esta zona sin conocer algo más. Tomando un fish gulash con unas cervezas St George en la terraza del ‘Amanuel’, les propuse a Dominika y Katerina una excursión para conocer otras zonas del río.

Les pareció bien, así que al día siguiente por la mañana nos acercamos a un comercio local donde alquilaban bicicletas. Ellas me dijeron que en TripAdvisor habían leído varios comentarios negativos sobre el dueño de aquel negocio que también organizaba tours por el lago. Queríamos evitar el calor de mediodía y no conocíamos más opciones, por lo que no buscamos más y entramos en aquella caseta.

Tres hombres sentados en unas sillas conversaban mientras mascaban qat (hoja estimulante que consume gran parte de la población). Cuando nos vieron, uno de ellos se levantó y se presentó. Se llamaban Salomón y era el dueño de aquel negocio.

Como ocurre cada vez que quieres comprar algo en este país, nunca debes de quedarte con el primer precio. Tu pericia y sobre todo tu paciencia, harán que consigas un buen trato. Teniendo esto en cuenta, me puse a regatear el alquiler y, tras el habitual tira y afloja, acordamos un precio de 25 birr la hora por cada bicicleta.

Mientras uno de sus compañeros preparaba las bicis, Salomón me contaba que le gustaba seguir la Liga y que hace unos años estuvo saliendo con una española. “Se llamaba Beatriz, tenía 56 años, veinticinco más que yo. Estaba perdidamente enamorada de mí”. Aseguraba que hay muchas mujeres europeas que vienen a Etiopía en busca de pareja para tener sexo.

Pensé que más que sexo, esas mujeres y hombres, que también conocí a alguno, lo que buscan principalmente es compañía. Entonces le pregunté a Salomón porqué ya no estaban juntos. Me miró y con una sonrisa cínica me dijo: “el segundo verano que Beatriz vino a Etiopía me pagó el viaje para que fuese con ella a Lalibela. Una noche, bebí demasiado y le pegué, no mucho, pero le hice daño. Al día siguiente se fue y no volvió más”.

Tras este relato no supe qué decir, simplemente le miré con desprecio. Entonces él me dio una palmada en la espalada y afirmó con orgullo: “son cosas que pasan, ahora tengo tres mujeres y procuro portarme bien”. Sentí asco, miré a ver si nuestras bicicletas estaban listas y traté de alejarme de aquel hijo de puta.

Bahar Dar

Tan pronto me monté en la bici noté que el pedal estaba suelto y que el cambio fallaba. Retrocedí unos metros y le comenté a Salomón que quería que me cambiara la bicicleta. Con pereza, al ver que todas las demás estaban encadenadas a una barandilla me dijo: “está en perfectas condiciones, la probé esta mañana. Las otras sí que te darán problemas”.

Le insistí una vez más, pero agarró un manojo de hojas de qat, se las metió en un lado de la boca y se dirigió a conversar con sus compañeros dentro de la oficina. Levanté la vista, vi que mis amigas me esperaban al final del cruce y pensé, “malo será”.

Salimos de la ciudad dejando el ajetreo habitual de aquella urbe. Cruzamos el puente hacia las afueras y nos adentramos en un área rural. El tráfico había desaparecido y pedaleábamos solos paralelos al Nilo.

A mitad de camino paramos en una sombra para beber y comprobar que íbamos en la buena dirección. En las proximidades había una escuela y decidimos entrar a preguntar. Al vernos, los niños empezaron a rodearnos y a gritar “faranji, faranji (blancos). Saltaban y reían sin dejarnos avanzar.

Después de aclarar con las profesoras la ruta, propuse hacer un breve juego con los pequeños. Como pude, los junté a todos y les expliqué las normas. Tras unas risas y mucha diversión por ambas partes, nos despedimos y seguimos nuestro camino.

Escuela etiope

Los últimos kilómetros, entre el calor y alguna pendiente, se hicieron un poco más duros, pero después de unas cuantas pedaladas más parecía que habíamos llegado. Al fondo de una gran explanada de grava descubrimos un antiguo palacio de Haile Selassie.

Continuamos hacia la entrada. En la puerta, sentado a la sombra de un árbol, un soldado retirado nos miraba con indiferencia. En ese momento, apareció corriendo un joven. Nebiyu tenía 17 años y decía que era el guía oficial de aquella zona. Por la forma de presentarse noté que no era la primera vez que camelaba a algún visitante para que le diera una propina a cambio de enseñarle los alrededores. Le dimos las gracias y le dijimos que queríamos seguir solos.

Sabíamos que aquel viejo palacio estaba cerrado, nunca había estado abierto a los turistas, pero lo que nos interesaba eran las vistas que había detrás. Nebiyu insistió afirmando que sin él no podíamos explorar la zona. Miró al soldado para que nos detuviera, pero aquel veterano ni se inmutó y nosotros continuamos.

A menos de un kilómetro encontramos un alto en el que divisamos uno de los puntos donde brotaba el Nilo Azul. Estuvimos un rato disfrutando de las maravillosas vistas y procurando ver algún hipopótamo o cocodrilo, pero como nos dijo un pastor local que pasaba por allí, “hace mucho calor, están dentro del agua y no saldrán hasta el atardecer”.

Nacimiento Nilo Azul

Tras relajarnos un rato empezamos nuestro camino de regreso. Al poco tiempo comencé a notar que el ruido en el pedal se agudizaba y finalmente terminó cayéndose. Traté de arreglarlo, pero fue imposible. Empujaba en las cuestas arriba y me dejaba ir en las bajadas, pero apenas avanzaba. Mis amigas se ofrecieron a remolcarme, pero estábamos lejos de la ciudad y necesitaba solucionarlo.

Primero pregunté en una casa y después a unos obreros que me encontré a pie de carretera si tenían un llave inglesa, pero no tuve éxito. Entonces vi a un hombre que lavaba su camión, y pensé: “un camionero tiene que saber de esto!”. Le echó una ojeada y me comentó que faltaba una tuerca, pero que si le costeaba el viaje en tuctuc (mototaxi) podía conseguirla. Le dije que sí y en veinte minutos estaba de vuelta con la pieza. El pedal no quedaba del todo sujeto, pero me permitió continuar.

Bicicleta

Media hora más tarde el pedal volvió a caerse. En ese momento me acordé de la frase tantas veces escuchada en este continente: “malditas máquinas fabricadas por chinos, son solo chatarra!”. Metí el pedal en la mochila y me dejé caer por una cuesta. Pasó un camión y me agarré como pude a él. Durante varios kilómetros me remolcó hasta las afueras de Bahar Dar y desde allí empujé la bici el tramo que me quedaba hasta el local de alquiler.

Bastante cabreado, con las manos llenas de grasa y algún corte a causa del pedal, le dije a Salomón que tal como le había avisado la bicicleta fallaba, y al final acabó rompiéndose. Al oírlo, el dueño de aquel comercio se alteró y gritándome me dijo que tenía que pagar la reparación. Iba a proponerle costear la mitad, pero su actitud agresiva no me animó a hacerlo.

Llegaron mis amigas y con otras palabras le explicaron lo que había pasado. El insistía en que tenía que pagarle un pedal nuevo y yo me negaba. La discusión subió de tono y Salomón comenzó a amenazarme. Muy violento me agarró de la camiseta. Traté de sacármelo de encima. Durante unos segundos nos apretamos los brazos y devorándonos con la mirada acabamos soltándonos.

Yo estaba nervioso, quería irme de allí. No entendía lo que estaba pasando, pero aquel tío quería pisotearme. Con aquellos ojos rojizos y una mandíbula que parecía que se le iba a desencajar, me dijo: “voy a llamar a la policía y te van a llevar preso”. Entonces fue cuando saqué un poco de orgullo y le respondí: “No te preocupes, podemos ir juntos y así les ahorramos el viaje”. Cogió la bicicleta y empezó a gritar: “vamos! te vas a enterar”.

Comisaria Etiopia

Entramos en la comisaría de la ciudad. Era un edificio decadente de planta baja con paredes carcomidas y un techo de chapa sostenido por troncos de eucalipto. Tenía un pequeño patio central donde se apilaban trastos de todo tipo. En los extremos había un par de despachos y al fondo, dos celdas con media docena de presos en cada una. Al vernos entrar los reclusos comenzaron a gritar. Un par de porrazos en los barrotes de la jaula callaron sus voces.

Nos mandan pasar a Salomón y a mí a un despacho. Detrás de un pupitre la comisaria nos esperaba con gesto cansado. Era una mujer seria que rondaba los cuarenta años. Sin levantarse de su silla nos dio la mano, nos dijo que nos sentáramos y que explicáramos lo ocurrido. Como la agente no hablaba apenas inglés pedí dos minutos y salí a buscar ayuda. Tras preguntar a un par de viandantes tuve la fortuna de conocer a Yared, un comerciante local que se ofreció a traducirme.

La imagen era surrealista. Estaba sentado en unos tablones de madera frente a una comisaria etíope que me ignoraba. A un lado, el cretino de Salomón gritando. Al otro, Yared que traducía como podía. En la puerta, mis amigas no daban crédito. Intervenían como testigos de vez en cuando y disimulaban para hacer alguna foto y enseñar a la vuelta de sus vacaciones cómo era una comisaría africana. En la otra esquina de la comisaría, presos y policías trataban de enterarse qué hacían aquellos tres blancos allí.

Police Ethiopia

La comisaria nos prestaba poca atención, aquel asunto le daba completamente igual. Se notaba que quería que termináramos para continuar con sus tareas. Esperó a que contáramos las diferentes versiones y ordenó que cada uno nos fuéramos por nuestro lado. A la salida, Yared me comentó que Salomón era conocido por timar a turistas en excursiones al lago Tana, pero que como tenía buenas relaciones en la ciudad, nadie solía decirle nada.

Al irme, Salomón vino detrás de mí. Pegó su frente contra la mía y me dijo, “no sabes quien soy yo, te has metido en un problema. De una forma o de otra recuperaré mi dinero”. Con un pequeño empujón me lo quité de encima. Tratando de que no se me notara el miedo que acababa de apoderarse de mí, le miré de arriba abajo y le contesté “no lo creo, los hombres que pegáis a las mujeres en el fondo sois unos cobardes”. Le di la espalada y me fui con mis amigas.

Por la noche cogimos un minibús hacia Gondar, dejando atrás este amargo episodio y tratando de quedarnos con todas las buenas sensaciones que nos habían regalado las fuentes del Nilo Azul.

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