Caminos de Etiopía

Dejo Egipto con muy buenos recuerdos. La increíble historia que guarda este país, sus paisajes y sus gentes me dejan con ganas de más.

Mis primeros días en Etiopía los pasé en Addis Abeba tratando de ordenar un poco mi vida y preparando el viaje hacia el norte. Mi siguiente parada debía ser Bahar Dar, quería seguir los pasos de Pedro Páez. El sacerdote y misionero español fue el primer occidental en descubrir las fuentes del Nilo Azul.

Eran las cinco de la mañana y la estación de autobuses de la capital etíope estaba a reventar. Ser el único blanco en aquella polvorienta explanada me convirtió en el objetivo de todas las miradas y la presa perfecta para muchos buscavidas. Tras deshacerme de todos aquellos que querían cargar con mi equipaje y quitarme de encima a los que ansiaban unos cuantos birr a cambio de guiarme, logré comprar mi billete.

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El bus de las seis de la madrugada no salió, pero nadie explicó el porqué. El de las ocho, sí, aunque con retraso. Como no podía ser de otra forma, el transporte público en Etiopía funciona de la misma forma que en el resto de África. El autobús sale cuando está lleno, bueno, mejor dicho, cuando ya no cabe ninguna persona, animal o mercancía más en el vehículo. El pasillo, las escaleras y el techo también son lugares hábiles.

Tras dejar Addis traté de acomodarme como pude y me quedé entretenido disfrutando del paisaje. Las montañas verdes dieron paso a campos mostaza con niños y mayores recogiendo tef.

Bus Etiopia

A las cuatro horas de salir llega la primera incidencia, un problema en el motor de aquel destartalado bus nos obliga a parar. Todos a la cuneta y el conductor a los bajos del vehículo. En menos de una hora, y sin saber cómo ni de dónde, un muchacho trae una pieza usada que nos permitirá resolver el percance y continuar.

Si la hora de salida plantea serias dudas, la hora de llegada es una auténtica incógnita. Aunque ellos dicen que se llega cuando “Dios quiere”, yo soy de los que piensa que es “cuando se puede”. Siempre hay algún imprevisto, fallo humano, mecánico o incidencia que obliga a cambiar el plan.

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El asiento duro y reducido, el calor denso y la mezcla de fuertes sudores empiezan a debilitarme. Cuando ya no aguanto más me pongo de pie en el asiento tratando de estirar las piernas y saco la cabeza por la ventana buscando algo de aire fresco. Los compañeros de viaje sonríen y me miran con cara de “aún no sabes lo que te queda chaval”.

El tiempo avanza como el autobús, lento, muy lento, a una media de 40 km/h. El paisaje cambia y la ilusión vuelve. Por una carretera que ansiarían los más fanáticos de los rallies descendemos entre los chirríos de unos frenos que inspiran poca confianza. Al fondo, el valle de Riff y en medio la espectacular garganta del Nilo. Se me pasa el dolor de espalda contemplando de nuevo el río con más historia.

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La camiseta empapada sigue pegada al plástico del asiento, pero ya no debo de ser el único atacado por la incomodidad. Varios pasajeros tratan de estirarse como pueden y otros suspiran deseando llegar. Karen, una niña de siete años tampoco aguanta más, cruzamos la mirada y tras saltar unas filas acaba sentada en mi regazo. Unas horas de juegos y bromas hacen que tanto para nosotros como para el resto del pasaje el tiempo, pero no el bus, avance más rápido.

Llegamos a un pequeño pueblo de carretera, parada obligada para ir al baño y comer algo. Injera con carne fría es de lo poco que puedo encontrar en aquel antro. Voy al baño, pero el fuerte hedor y dos ovejas despistadas me obligan a retirarme e ir a una huerta cercana. Nuestra salida se retrasa, hay que reparar otra avería.

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Continúa el viaje y aumenta mi relación con el resto de pasajeros. Solo un par de los más de cincuenta que viajamos hablan algo de inglés, pero no hay nada como querer entenderse para pasar un buen rato. Me ofrecen torta y frutos secos, yo reparto los pocos caramelos que me quedan. Su interés por mi vida y el mío por la de ellos me hacen entender de nuevo el porqué de mis ansias por viajar y conocer.

Pasadas las seis de la tarde, empieza a hacerse de noche. Unas vacas en la calzada obligan a dar un frenazo brusco que revuelve aquella vieja lata. La pasajera que se había quedado dormida en mi hombro se despierta incómoda y pregunta cuanto queda. Otra mujer suspira y le dice que mucho, que viajar en el trasporte más barato implica hacerlo en las peores condiciones.

Algunos pasajeros empiezan a debatir si es mejor quedarse a dormir en algún pueblo del camino y retomar el viaje la mañana siguiente. Otros apuestan por seguir unas horas más. Son las 12 de la noche. Finalmente llegamos a Bahar Dar. Piernas agarrotadas, hambre y fuertes olores prestados sobre mi ropa. Camino del hostal escucho griterío, me acerco, asomo la cabeza y allí están, los cuartos de final de la Copa del Rey!

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En un decadente garaje trasformado en bar decenas de etíopes siguen el partido entre el Real Madrid y el Atlético de Madrid como si jugara el equipo local. Marca Torres y el hombre que tengo al lado me abraza. Tras relajarse, le pregunto por su afición por el equipo colchonero y me dice: “del Atleti no, yo soy del Barça, por eso quiero que pierda el Real Madrid”.

Una cerveza rápida y me retiro. Hoy no me importa que la habitación este llena de mosquitos y que el colchón tenga media docena de muelles fuera. El día ha sido tan largo y cansado que caigo rendido. Así son los caminos de Etiopía, dieciséis horas para recorrer 570 km. Dieciséis horas de viaje donde disfruté más de lo que sufrí conociendo un poco más de esta gente y de su cultura.

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