Al cruzar la frontera

Es la una de la madrugada en una oscura y desangelada estación de tren del interior de Mozambique. Esto es Cuamba. Cansado, un poco perdido y con mucha hambre trato de encontrar un sitio para pasar la noche.

Tras media hora de inútil búsqueda me dirijo a la puerta del mercado y pregunto si es seguro dormir allí. Una joven con dos críos me dice que ella lo hace siempre, que a veces algún ‘bandido’ viene a molestar, pero que son muchos y se protegen entre ellos.

Decido sentarme y extender mi saco. Pasar la noche en la calle nunca es la mejor opción, pero a veces es la única. Compruebo que muchos de los que están allí son campesinos que vienen con sus productos a Cuamba. Hasta que venden todo lo que traen no vuelven a sus aldeas, por lo que pasarán tres o cuatro días en aquel mercado.

Mozambique
Noto que un hombre que está apoyado en un verja se interesa por mí. Es grande y fuerte, pero me cuesta verle la cara en medio de la oscuridad. Se acerca y se sienta a mi lado. Desconfío. Se interesa por mi vida. Soy escueto en mis respuestas, incluso grosero. Después de unos minutos me doy cuenta de que solo quiere conversar.

Didier es un congolés que se escapó del campo de refugiados de Maratane, en Nampula (Mozambique). Me cuenta varias atrocidades que vivió en su país y algunas de las penurias que sufrió en Mozambique. Su vida es una constante huida. Quiere cruzar clandestinamente a Sudáfrica, pero primero debe juntar el dinero suficiente para hacerlo.

Intercambiamos algunas historias antes de quedarme dormido. Siento un toque en el brazo, me despierto apresuradamente. Didier me dice: “tranquilo, no pasa nada. Pero si quieres conseguir un buen sitio en la ‘chapa’, adelántate al resto, esa es la que va a Mandimba”. Me despido de los compañeros de ‘habitación’ y en especial de Didier. Le doy un fuerte abrazo y le deseo toda la suerte del mundo en su borroso futuro.

Son las cinco y media de la mañana. La ‘chapa’ arranca con las primeras luces del día y mi estómago se retuerce de hambre. Esta vieja furgoneta Mitsubishi tiene doce plazas homologadas, viajamos veintidós. Me duele el culo y siento las piernas agarrotadas.

Chapa mozambique

Llego a la frontera pasadas las ocho de la mañana. Vendedores y motoristas se abalanzan sobre los pasajeros. Un joven agarra mi mochila y dice: “vamos, que te llevo”. “Espera ahí”, le advierto. “Mi bolsa la llevo yo y el precio del trasporte lo vamos a negociar primero”. Creía que el puesto fronterizo mozambiqueño estaría cerca, pero no es así, por lo que me monto con este veinteañero en una vieja motocicleta.

No sé si por la hora que es o porque trasladaron la oficina, pero no me gusta nada por donde me lleva. Circulamos por un camino de tierra en medio de la nada, sin gente ni vida. Le mando parar. No lo hace. Le doy un par de golpes en el costado y se detiene. Le pregunto si está seguro de que es por ahí y me dice que sí.

Me parece extraño. Se me pasa por la cabeza que me pueda llevar a cualquier sitio y robarme lo poco que tengo. En tierra de nadie sería fácil asaltarme y dejarme sin nada. Esta es una de esas ocasiones en las que te agarras al destino y dices: ‘qué salga bien’. Le miro a los ojos, confío en él y le pido que arranque de nuevo. En diez minutos estamos en la frontera.

Entro en la pequeña aduana de Mandimba. El oficial de turno mira varias veces mi pasaporte. Lo cierra, lo vuelve a ojear. Finalmente me dice que le de “una ayuda” para desayunar. ‘¡Otra vez no!’, pienso. A veces es irremediable, pero hoy me niego a entrar en el juego del soborno. Me armo de paciencia y me siento con mi mochila en un rincón de aquella desolada oficina.

Un par de veces aquel soldado se dirige a mí diciéndome que si quiero mi pasaporte de vuelta me lo puede dar con una pequeña colaboración para un refresco. Continúo negándome y entonces me advierte que voy a tener que esperar porque no encuentra el sello para cuñar mi salida de Mozambique. Al cabo de dos horas escucho: “García, ven aquí”. Con un gesto duro me da el pasaporte y ya puedo marcharme.

Bici-taxi Malawi

Las bici-taxis de Malawi

Me monto en una bici-taxi para avanzar los dos km que hay hasta la nueva frontera. En la aduana de Malawi los trámites son rápidos. Los ciudadanos europeos no necesitan pagar visado, así que todo es sencillo. Al salir me encuentro el panorama de todos los pueblos fronterizos. Suciedad, ruido y mucho caos.

Alerta por los buscavidas que merodean por estos lugares, busco un autobús hacia mi próximo destino, Mangochi. Me informan que hasta por la tarde no habrá ninguno. Son las 10 de la mañana y el sol ya empieza a picar. Me duele la idea de quedarme todo el día en aquel pueblo olvidado.

Mercado callejero africano

Me asomo al borde de la carretera principal, al lado de unos puestos de hortalizas y frutas, y balanceo mi brazo cada vez que pasa un vehículo. Después de media hora y varios intentos, me monto en la parte trasera de un pequeño camión. En un par de horas ya estoy en Mangochi. Compro un par de buñuelos a un vendedor callejero y una botella de agua para engañar al estómago.

El minibús hacia Monkey Bay se llena pronto y sale al cabo de una hora. Al poco tiempo y sin avisar el lago Malawi se asoma entre las montañas. Se me pasa el hambre, el cansancio y todos los males. Un inmenso mar de agua dulce de 560 kilómetros de longitud y 75 de ancho se presenta delante de mí como la meta a un maratoniano.

Lago Malawi

Ya casi he llegado. Mi destino final está un poco más al oeste, una aldea de pescadores que un misionero alemán que conocí en Sudáfrica me recomendó hace unas semanas. No hay transporte hacia la zona de Cape Maclear, por lo que tras una hora de tira y afloja y de dejar una importante fianza, alquilo una moto a un vendedor de Monkey Bay. Durante los próximos días esta moto será mi compañera.

Malawi

Sintiéndome un poco más libre, y sobre todo más cómodo, conduzco al borde del lago. Despacio, con la caricia de una leve brisa, me quedo encandilado con todo lo que veo. El anochecer empieza a pintar el cielo de colores. Un par de hombres vacían el tronco de un árbol para convertirlo en bote de pesca. Varias mujeres lavan la ropa. Los niños juegan en la arena. Acabo de llegar a Malawi y ya tengo ganas de quedarme aquí para siempre.

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